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  • Writer's pictureSoraya Lara

Teletrabajo: una experiencia inesperada

Casi la mayoría de la población dominicana veía la llegada inminente de COVID-19.

Antes de que las autoridades de nuestro país tomaran las medidas de emergencia

nacional que incluían la cuarentena y el distanciamiento social, muchas empresas y

profesionales independientes tomaron las propias.

Una de las medidas particulares fue el teletrabajo. No se trataba de tomar vacaciones

en casa, sino de trabajar en casa con la finalidad de mantener la operatividad y de

ofrecer los servicios a los clientes y usuarios, además, mantener la actividad

económica.

Igualmente, restaurantes, servicios de entregas en los hogares, compras online,

aumento de transmisiones en directo o “lives” y reuniones por diferentes medios de la

plataforma digital, se evidenció la creatividad al servicio de la supervivencia laboral, de

la alimentación, de la salud física y mental.

Se ha celebrado el teletrabajo, innegablemente realmente ha sido una buena

alternativa. Fue una medida rápida y oportuna. Se aplaude la ventana de trabajar con

ropa cómoda, en la casa, sin tener que salir. Para muchos, se ha demostrado que se

puede trabajar desde la comodidad del hogar, sin presencia física.

No obstante, he escrito pensando en el sistema familiar, en la salud física y emocional

de las personas y con base en las preguntas que me han surgido día a día. Confieso que

me quedan pendientes otras más.

Hasta la fecha solo se han enfocado en ciertas bondades del teletrabajo, que han

quedado sumidas en el silencio las implicaciones que tiene para la salud física

(enfermedades laborales) al no contar con las comodidades de una oficina, escritorios

y sillones (tamaño ajustados al confort del cuerpo) y las demás herramientas

necesarias propias de esos espacios. ¿Facilitarían las empresas el más mínimo de los

instrumentos (clips, pósits, grapadoras…)

¿Tendríamos nuevas enfermedades laborales que se desarrollarían en la casa? ¿Habría

que concienciar sobre las medidas de higiene mental a seguir que permitan diferenciar

los límites entre lo laboral y familiar? ¿Cómo detectar el síndrome del quemado o

burnout en casa? ¿Se explotaría el individuo a sí mismo y a su familia? ¿Cómo se

clasificarían los accidentes laborales en casa y el beneficio de la seguridad social?

¿Habría que crear o adaptar una la ley que regule el teletrabajo?

Además, habría que considerar cómo se transfiere la tensión propia del trabajo a la

familia, a la pareja o las consecuencias que recaen sobre la persona misma, que las

tiene que experimentar en su propio hogar, espacio reservado para el disfrute familiar

y el descanso en horas no laborales.


Por otro lado, ¿cómo se manejarían los adictos al trabajo? Es bien sabido que hay

personas que lo usan el trabajo para evadir la intimidad familiar y mantenerse

desconectados. Con el teletrabajo, la evasión de la intimidad se sentiría con intensidad

emocional.

¿Cómo se diferencian las relaciones de intimidad entre los colaboradores y los

momentos de intimidad familiar? ¿Cómo establecer límites a los colaboradores o

supervisores invasivos que no tienen la capacidad de discriminar entre lo laboral y

familiar, de diferenciar horarios y días de descanso?

Estas y otras muchas situaciones tendrían que regularse. Obviamente, la regulación de

las emociones desencadenadas por el estrés laboral quedaría en manos de la persona.

¿Se tendría que aprender a dar respuestas de enojo laboral en casa sin afectar a la

familia? ¿Cómo abordar las incoherencias propias de los sistemas laborales en el

hogar? ¿Se tendría que prender a no tomar llamadas en horas de descanso y

almuerzo?

Nos hemos centrado más en la productividad obviando los efectos colaterales, pese a

que desde hace años que se habla de que llegaría este momento.

Tendríamos que comenzar a conocer con profundidad los efectos del teletrabajo y sus

consecuencias a favor o en contra, desarrollar investigaciones que se puedan dar a

conocer los beneficios y daños, no para abandonarlo, sino para adecuarlo sin afectarse

ni lesionar a la familia.

Imagino a padres e hijos que han convertido el hogar en una oficina, en la que

prevalecen, en muchos casos, el estrés, el cansancio y las tensiones interpersonales.

Aboguemos para que todos asumamos horarios justos, estableciendo las horas de

almuerzo y cierre de oficinas virtuales. Además, habría que desarrollar la capacidad de

la tolerancia y la autorregulación emocional.

Vivimos experiencia inesperada que nos ha enseñado mucho. Ahora nos corresponde

adaptarnos de manera funcional. Sin duda, estarán en mejores condiciones físicas y

mentales quienes logren desarrollar los mecanismos adaptativos funcionales que

garanticen la salud física y emocional, y que preserven las relaciones familiares.



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